sábado, 04 de febrero de 2012
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Prólogo.

El papel de la educación en la convivencia y el respeto intercultural.

Democrácia, Justicia y Ciudadanía.


Partiendo de las líneas que definen la actividad de la Fundación Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, el IITM ha organizado – o participado – desde su creación (1990) en más de seiscientas manifestaciones celebradas en los 23 países asociados a su red. Estas actividades están siempre al servicio del objetivo básico e integrador de la Fundación: la defensa y promoción de la colaboración cultural como instrumento de entendimiento entre los diversos pueblos y culturas mediterráneas.

De ahí la continua conciliación entre la creación y la reflexión, entre cursos, talleres, coproducciones, y la presencia e impulso de numerosos foros internacionales, en los que se defienden los derechos humanos y el diálogo de civilizaciones. Un conjunto de actividades que han gozado de una amplia proyección, gracias a la atención puntual de los medios de comunicación y al alcance social de muchos de los programas desarrollados.

Aun permaneciendo invariables los objetivos, la Fundación Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo ha establecido su temática anual de acuerdo con las exigencias de su propia experiencia y de la evolución de la realidad mediterránea. Una serie de temas fundamentales para la construcción de una Cultura de la Paz han sido, sucesivamente, el centro de atención, por lo general dentro de unos programas o líneas de trabajo trazados al inicio que han conservado su vigencia y que, en 2008, continuarán su desarrollo.

El Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, fundado en 1990, comprendió de inmediato que la educación era un campo indisociable de sus objetivos, y una vía para la incorporación de las migraciones en la vida social española. Así nació La llegada del otro al imaginario de la infancia y la adolescencia, un Programa regular, impartido en los centros escolares, destinado al conocimiento de las distintas realidades culturales y, paralelamente, a la reflexión sobre las vais de su convivencia. El programa fue objeto de varias reuniones internacionales, hasta que, en el año 2000 dio sus primeros pasos en España. Hoy también es una realidad en Marruecos, con cuyo Ministerio de Educación Nacional se ha suscrito un acuerdo para su implantación en todas sus escuelas públicas, así como en Túnez y Portugal. Estando prevista su realización para el curso 2008/2009 en Argelia y Francia.

Al programa le hemos llamado La llegada del otro al imaginario de la infancia y la adolescencia, es obvio que responde además al ideario de la Alianza de Civilizaciones, razón por la cual, de la mano del IITM, ha sido incorporado a la propuesta que hizo la Red Española de dicha Alianza a la Presidencia del Grupo de Alto Nivel y, luego, éste a las Naciones Unidas.

Está prevista la ampliación a nuevos centros en los países participantes y el desarrollo de las actividades de narración y rap, la Fiesta de las Contadas en cada comunidad, la participación en Foros, Encuentros de Educación y Artísticos y Festivales. A la vez que continuarán los intercambios regulares entre centros educativos de las dos orillas.

Taller de Percusión

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La violencia contemporánea se apoya en una serie de causas puntuales de diverso tipo, y también en un conjunto de principios aceptados por buena parte de la humanidad, que se articulan entre sí como una cultura del menosprecio y de la agresión. De ahí que hablar de paz y de diálogo nos conduzca de inmediato, más que al examen y corrección de las razones inmediatas, a interrogarnos por los contenidos de una cultura que haga posible la existencia de un espacio común, donde convivan las singularidades sin entrar en conflicto. Espacio necesariamente sujeto a un sistema de principios, aceptados por todos como norma de convivencia, que, para no incurrir en ambigüedades, identificaremos con los definidos en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, del 50, completados en los tratados comunitarios posteriores y propuestos como un reconocimiento jurídico y político situado por encima de las discriminaciones habituales y más allá de cualquier límite geográfico.

De las muchas áreas en las que procede la acción para construir o vigorizar una Cultura de la Paz, un pensamiento que la haga posible, no en términos simplemente fácticos –las, a menudo, terribles “pacificaciones”–, sino como expresión de realidades sociales presididas por los valores humanos y los principios democráticos, una de ellas, sin duda fundamental, es la educación, en la medida que constituye una etapa decisiva en la formación de la personalidad.

A su vez, también dentro de la educación, son varios los campos en los que cabe incidir para la creación de un pensamiento humanista y dialogante. Campos entre los que este Programa ha elegido uno muy concreto, y totalmente conectado con los problemas y las posibilidades de nuestras sociedades de la información: el del conocimiento del “otro”, el de la aceptación de las diferencias, como una consecuencia lógica de la historia de los pueblos y de la conformación física de nuestro planeta, a la vez que la sujeción a una norma común que excluya la apelación a la “diferencia” como justificación de sus actos de incumplimiento.

A la hora de establecer el Programa, hemos seleccionado diversos caminos y materiales, que deben intervenir y ser parte esencial en su desarrollo, aunque, por una serie de razones, hayamos dado a la narración oral una función conductora, considerando que el cuento ocupa un lugar importante no sólo en la tradición literaria de muchos países, sino en sus prácticas de comunicación social. Desprovisto de todo aparato escenográfico, el cuentero ha sido el artista del imaginario popular, el personaje capaz de recrear el mundo ante sus oyentes. Aparte de la incidencia decisiva en el imaginario colectivo de los mitos creados por los grandes cuentos de la literatura infantil.

La narración oral aparece en el Programa, al principio, como primer estímulo, y, al final, como resumen de un proceso de creación y de trabajo que integra la reflexión, la información, el debate, la escritura, la comunicación, la dramatización y la afirmación de la persona en el trabajo colectivo, con alumnos procedentes de uno o de varios países. Es decir, como una manifestación total, y no meramente literaria, alcanzada en el ejercicio de la reflexión y de la imaginación, siempre desde la conciencia de la propia libertad y responsabilidad del alumno. Y que, por la sencillez material de su ejecución, resulta idónea para organizar programas conjuntos o de intercambio entre los centros escolares, para conciliar el rigor pedagógico del trabajo en el aula con la comunicación del mismo fuera del colegio, para hacer oír a la sociedad la voz de los niños y adolescentes con la experiencia acumulada.

El Programa aspira a estimular el imaginario de la fraternidad y la solidaridad, desde el que contrarrestar la mitología del odio o la indiferencia respecto del otro, que hoy se propone cotidianamente a la mayoría de los niños y los adolescentes. A menudo, incluso en el marco escolar, y, muy concretamente, en los manuales de historia.

Taller de escritura  Taller de escritura

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Cada sociedad tiene sus costumbres, ajustadas a su historia, y es habitual que quienes pertenecen a ella desprecien a los que llegan de fuera, con otra lengua y otras formas de comportamiento. Convencidos de la superioridad de su cultura, maltratan a los inmigrantes, sujetos, en la mayoría de los casos, a duras condiciones materiales. Olvidan que llegaron al país para escapar al hambre, en busca de un trabajo que les permitiera vivir dignamente. No todos pensamos igual, afortunadamente. Y cada vez son más las personas dispuestas a entender y ayudar al forastero. A tratarlo como si hubiera nacido en el país donde ahora vive y trabaja.

La llegada del otro....Cuando esto sucede, la respuesta del inmigrante suele ser muy positiva, feliz al sentirse como uno más entre los habitantes del lugar, de saber que dispone de una nueva casa. Igual sucede entre los ciudadanos de un mismo país cada vez que conviven grupos sociales diferenciados. Los habitantes de la gran ciudad desprecian a los que llegan del medio rural, los ricos a los pobres, los ilustrados a quienes no lo son, los hombres a las mujeres, etc., a través de normas y mecanismos que impiden el disfrute general y equitativo del bienestar. El grupo que se considera superior, amparado en su prepotencia, discrimina las normas de comportamiento y atribuye un corolario de vicios y virtudes a cada arquetipo social. El juego de los derechos y deberes se pervierte, abrumados unos por sus obligaciones, beneficiados otros por sus privilegios. La justicia, en fin, pierde peso al traicionar el principio de la igualdad ante la ley, creándose una casuística según las circunstancias de los afectados.

Entra aquí un concepto, ajeno al lenguaje de los códigos e imprescindible en el ámbito ético de las sociedades: el de la convivencia. Que, como literalmente expresa, no alude –como el francés cohabitación– al disfrute formal de unos mismos espacios, sino de a un modo de percibir y vivir la realidad. Es decir, a una común pertenencia a la ciudadanía, con su justa atribución de derechos y obligaciones.

Sabido es que, en los viejos tiempos, la ciudadanía era un concepto estrictamente reservado para unos pocos, censados como protagonistas excluyentes de la historia. Ellos eran voz en las decisiones políticas, la referencia de la prosperidad o la pobreza colectivas, el conjunto de intereses que animaban el “proyecto nacional”. Luego, con el paso de los siglos, el concepto se aplicó a nuevos sectores, aunque siempre ha mantenido un carácter más vinculado a la aceptación de un modelo cultural, que a la común aplicación de un conjunto de derechos y obligaciones. Hasta llegar a nuestro tiempo, en el que la ciudadanía es, a su vez, un término político, en tanto que asociado a la democracia, y jurídico, en tanto que refrendado por las leyes.

Si un día –y de ello hay un hermoso testimonio teatral de hace 2.500 años en Las Euménides de Esquilo– el orden público sustrajo la administración de justicia a la aplicación privada de la Ley del Talión, confiándola a los tribunales, desde esta misma perspectiva podríamos considerar el concepto de la ciudadanía, que lejos de someterse a las posiciones doctrinales singulares, entrañaría la formación de individuos aptos para la vida democrática, entendida como un bien común cuya tutela corresponde a la sociedad.

Se nos vinculan así, como partes de un mismo discurso, Democracia, Justicia y Ciudadanía, que serían complementarias e inseparables, derivadas de la legitimación de la soberanía popular. Ninguno de los tres términos vale por sí solo. Ninguno es posible sin los otros dos.
La llegada del otro....
Es lógico que un programa como La Llegada del Otro… sea, por tanto, a un tiempo una educación para la democracia, la justicia y la ciudadanía, entendidas como una ética para la convivencia, en el sentido que antes señalábamos. Cada uno de los conceptos alude a una relación indiscriminada entre todos los miembros de una sociedad, elevados, sin exclusiones, a la condición de ciudadanos, iguales ante la ley. Eliminar los obstáculos, legales o apoyados en la xenofobia, que impiden su realización es una tarea de todos los sistemas educativos democráticos, y, por ende, uno de los pilares del Programa, donde, obviamente, se contempla la necesidad de considerar ciudadanos a cuantos trabajan y se integran en el espacio común.

Naturalmente, la índole de los destinatarios del Programa exige explicar cuanto antecede en los términos pedagógicos que procedan. Pero parece importante, para exceder de una simple recomendación moral –al modo que lo hacían Iriarte y Samaniego–, que los alumnos aprendan a relacionar los tres niveles de un mismo modelo de sociedad: Democracia, Justicia y Ciudadanía.

Queda abierta la pregunta de cómo afrontar la pluralidad cultural y el hecho de que determinados principios entren en pugna. La experiencia nos dice que, cuando nos centramos en valores, cuando eludimos las circunstancias históricas del pasado, el discurso democrático aparece como un objetivo fácilmente compartido. Las realidades son distintas, pero el proyecto es común, pues en todas partes existen corrientes que aspiran a la construcción de sociedades más justas, con equilibrado reparto de derechos y obligaciones, contando con todos los ciudadanos y sujetándose a una actualizada visión del pensamiento democrático. Cada vez más planetario y más liberado de cualquier custodia interesada.


José Monleón
Director de la Fundación Instituto Internacional
del Teatro del Mediterráneo y del Programa 

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