Viaje hacia la Isla del TesoroEn cada uno de los Talleres de
El Otro Teatro, todos los participantes nos hemos dicho lo mismo: bastaría ese Programa para justificar la creación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo. En distintos paisajes, al borde del mar o tierra adentro, bajo el techo de una carpa o en el salón de un hotel o de un colegio, metidos siempre en las luces y los climas cálidos del Mediterráneo, los Talleres han sido espacios de alegría y de entusiasmo animados por jóvenes de distinta capacidad llegados de muchos lugares.
Súbitamente, han empezado a sonar los cantos, el sentido del humor y la complicidad han creado un lenguaje común, y una corriente de libertad y de afirmación ha encendido la mirada de todos los actores convocados. En algunos casos, los actores venían de países donde las personas sesudas mantenían la llama de la confrontación entre pueblos que allí, en nuestros improvisados campamentos, dialogaban y ensayaban una obra de teatro. Otros procedían de sociedades donde, por su condición, eran arrinconados o, simplemente, compadecidos. Algunos miraban desde detrás del muro raras veces franqueada. Hasta que, apenas llegados, en un clima de solidaridad y de trabajo, saltaban el obstáculo y se reunían, al fin, en el paisaje sin fronteras del Taller, para preparar su función y mostrar al público su trabajo, por supuesto sin cuarta pared, entregados a una comunicación plena, necesaria y llena de sentido.
Los conceptos que rigen la expresión escénica se alteraban profundamente. No por las limitaciones de los actores, en buena parte nuevos en estos menesteres; sino porque el teatro se inscribía en el recíproco descubrimiento entre los espectadores y los actores, separados desde siempre por los hábitos y las oscuras normas del desprecio. Cada Taller se resolvía, sobre todo, en una rebelión, en una afirmación de quienes, más allá de sus limitaciones específicas, se sabían en posesión de una humanidad generalmente inexpresada.
Allí estaban los medios de comunicación, sensibles al esfuerzo de los actores, tratándolos con cierto asombro, porque la alegría y la creación no permitían los habituales paternalismos. Y allí estaban los familiares de las personas con discapacidad, a los que representaban de algún modo cuantos trabajaban en la función. Allí estaba la Isla del Tesoro -nombre que incorporamos al título del programa, a partir de la edición de Pescara - que nos pareció un hallazgo, porque, lejos de toda referencia médico social, sonaba a viaje y aventura. A Isla lejana en la que, cada año, se reunían un puñado de jóvenes en busca de ese Tesoro que, tan a menudo, les es negado.
Galaksidi, la pequeña ciudad situada en las faldas de Delfos, muy cerca del lugar que la mitología griega consideró centro del mundo, fue el punto de partida. Luego, vino el gran parque de Montpellier, en un Festival que lleva el nombre de Primavera de los Comediantes. Después, le tocó el turno a Pescara, en la hermosa región de los Abruzzo. Y, como cuarta parada, Andalucía, en Lebrija, a dos pasos de Sevilla. Cuatro nombres que trazan un camino, de oriente a occidente, cruzado o bordeado por las grandes culturas históricas del Mediterráneo; cuatro paisajes para nuestra solidaria Isla del Tesoro a los se sumaron, en el 2001, la costa de
Benidorm y la ciudad clara de Valencia; en el 2002 la ciudad de Albena; en el año siguiente, de nuevo, Montpellier; y en el 2006, Extremadura y, por fin, en 2008, la otra orilla de nuestro mar, Marruecos.
Para cuantos han hecho posible su existencia, de los que sólo unos pocos nombres aparecen en estas páginas, así como para los cientos de personas que nos han ayudado, de manera activa, o participando del descubrimiento, nuestra gratitud.
Decididamente, la Isla bastaría para justificar la existencia del Instituto.
José Monleón
Director del IITM