martes, 27 de junio de 2017
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El Otro Teatro
 
 
 
 
 
Entre los objetivos de la Fundación Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo, recogidos en sus Estatutos, el fomento y la defensa de la solidaridad entre los pueblos mediterráneos ocupan un lugar decisivo. El cumplimiento de este objetivo empieza lógicamente por el reconocimiento, sin distinciones, de los diferentes grupos sociales, con una atención particular a los que se encuentran en las posiciones más débiles.

Fieles al propósito de hacer del teatro un instrumento de solidaridad y un vehículo de expresión y comunicación para toda la sociedad, hemos concebido El Otro Teatro como un espacio de creación y afirmación de los que sufren cualquier tipo de discapacidad. Para estas personas, El Otro Teatro pretende ser un Programa abierto, de alcance internacional, un ejercicio de participación, una actividad artística y una satisfacción lúdica, durante el cual gocen del respeto y de la consideración social de los que tan a menudo están privadas.

El Programa está pues enfocado como una actividad de esparcimiento, humana y de creación, dirigida tanto a los participantes como a los espectadores, a los actores como a los responsables artísticos y pedagógicos, estando todos convencidos de que se trata de un encuentro de profundo significado en el que todos tenemos mucho que aprender.

Declaración de Montpellier, 1997
 

Viaje hacia la Isla del Tesoro

En cada uno de los Talleres de El Otro Teatro, todos los participantes nos hemos dicho lo mismo: bastaría ese Programa para justificar la creación del Instituto Internacional del Teatro del Mediterráneo. En distintos paisajes, al borde del mar o tierra adentro, bajo el techo de una carpa o en el salón de un hotel o de un colegio, metidos siempre en las luces y los climas cálidos del Mediterráneo, los Talleres han sido espacios de alegría y de entusiasmo animados por jóvenes de distinta capacidad llegados de muchos lugares.

Súbitamente, han empezado a sonar los cantos, el sentido del humor y la complicidad han creado un lenguaje común, y una corriente de libertad y de afirmación ha encendido la mirada de todos los actores convocados. En algunos casos, los actores venían de países donde las personas sesudas mantenían la llama de la confrontación entre pueblos que allí, en nuestros improvisados campamentos, dialogaban y ensayaban una obra de teatro. Otros procedían de sociedades donde, por su condición, eran arrinconados o, simplemente, compadecidos. Algunos miraban desde detrás del muro raras veces franqueada. Hasta que, apenas llegados, en un clima de solidaridad y de trabajo, saltaban el obstáculo y se reunían, al fin, en el paisaje sin fronteras del Taller, para preparar su función y mostrar al público su trabajo, por supuesto sin cuarta pared, entregados a una comunicación plena, necesaria y llena de sentido.

Los conceptos que rigen la expresión escénica se alteraban profundamente. No por las limitaciones de los actores, en buena parte nuevos en estos menesteres; sino porque el teatro se inscribía en el recíproco descubrimiento entre los espectadores y los actores, separados desde siempre por los hábitos y las oscuras normas del desprecio. Cada Taller se resolvía, sobre todo, en una rebelión, en una afirmación de quienes, más allá de sus limitaciones específicas, se sabían en posesión de una humanidad generalmente inexpresada.

Allí estaban los medios de comunicación, sensibles al esfuerzo de los actores, tratándolos con cierto asombro, porque la alegría y la creación no permitían los habituales paternalismos. Y allí estaban los familiares de las personas con discapacidad, a los que representaban de algún modo cuantos trabajaban en la función. Allí estaba la Isla del Tesoro -nombre que incorporamos al título del programa, a partir de la edición de Pescara - que nos pareció un hallazgo, porque, lejos de toda referencia médico social, sonaba a viaje y aventura. A Isla lejana en la que, cada año, se reunían un puñado de jóvenes en busca de ese Tesoro que, tan a menudo, les es negado.

Galaksidi, la pequeña ciudad situada en las faldas de Delfos, muy cerca del lugar que la mitología griega consideró centro del mundo, fue el punto de partida. Luego, vino el gran parque de Montpellier, en un Festival que lleva el nombre de Primavera de los Comediantes. Después, le tocó el turno a Pescara, en la hermosa región de los Abruzzo. Y, como cuarta parada, Andalucía, en Lebrija, a dos pasos de Sevilla. Cuatro nombres que trazan un camino, de oriente a occidente, cruzado o bordeado por las grandes culturas históricas del Mediterráneo; cuatro paisajes para nuestra solidaria Isla del Tesoro a los se sumaron, en el 2001, la costa de

Benidorm y la ciudad clara de Valencia; en el 2002 la ciudad de Albena; en el año siguiente, de nuevo, Montpellier; y en el 2006, Extremadura y, por fin, en 2008, la otra orilla de nuestro mar, Marruecos.

Para cuantos han hecho posible su existencia, de los que sólo unos pocos nombres aparecen en estas páginas, así como para los cientos de personas que nos han ayudado, de manera activa, o participando del descubrimiento, nuestra gratitud.

Decididamente, la Isla bastaría para justificar la existencia del Instituto.

José Monleón
Director del IITM
 
 
 

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